En unos días dejo de estar en mis 20’s y oficialmente comienzo a vivir mi tercera década en este mundo. Es inevitable no pensar en todo lo vivido, y wow, que añotes. Qué recuerdos.
Cuando estaba en el colegio, tenía un juego con Marcela, una de mis mejores amigas. Reclinábamos las sillas del bus escolar e imaginábamos lo que estaríamos haciendo cuando tuviéramos 30 años. -“Yo voy a vivir en una casa de campo grande” le decía- “Voy a tener dos perros grandes, ser esposa, ser mamá de gemelas y voy tener una escuela de danzas”.
Hoy, 15 años después, no podría estar más alejada de esa realidad y estoy bien con eso, porque con todos los ups y los downs de los 20’s, he aprendido a amar mi vida, lo que tengo, lo que hago y lo que soy.
Mi papá siempre se ríe de mí cuando le cuento mis historias y me dice: “Andre, es que a donde quiera que tú vas, siempre hay alguna aventura”. Y sí que está en lo cierto. ¡Qué años tan movidos! Estuvieron llenos de mucha, mucha música, de muchos amigos, fiestas, vino, ejercicio, estudio, risas, de mañanas viendo el amanecer, de kilómetros trotados, de horas en Skype, de grandes amores, de grandes desamores y de gente bonita, que dicho sea de paso, gente que ahora es como mi familia, la familia que escogí. También reí, lloré de tristeza, de alegría, tuve trabajos miserables y otros que amé. Tuve temporadas en donde me sentí perdida y temporadas en las que, por fortuna, me volví a encontrar.
Pero especialmente fue este último año, el que me dejó el mayor de los aprendizajes. Reafirmé que el ejercicio es mi terapia, que ir a terapia no me hace «loca», que correr me libera, que aunque comer saludable me llena y es parte esencial de mi vida, una hamburguesa de vez en cuando no es un sacrilegio. Que no está mal sentirnos vulnerables a ratos, que no está mal tener ganas de mandarlo todo al carajo de vez en cuando. Que esas estrías en la cadera tienen su historia, que encontrar esos go-to people es vital, que las temporadas difíciles hacen parte de este viaje, pero que también tienen un fin. Que siempre volvemos a amar, que un simple reencuentro le puede dar a tu vida un giro inesperado. Que lo inesperado, es delicioso y que si no da miedo, no vale la pena.
Aprendí a tomar decisiones extremadamente jodidas, a solucionar problemas, a cuidarme a mí, a mis sentimientos, a mi salud y a mi paz mental. Aprendí a encontrar plenitud en la soledad y en el silencio. Aprendí a vivir y dormir sola, a hacerme cargo de mis resfriados (ésta aún me cuesta), a decir las cosas de frente (aunque de pena), a encontrar felicidad con poco: sentada frente al mar con mi libro favorito, a acostumbrarme a celebrar los días de la madre y del padre a través de una pantalla, a exigir lo que quiero y a no disculparme por ser quien soy, porque al fin y al cabo lo que a veces consideramos como debilidades, es irónicamente lo que nos hace especiales.
Despido los 20’s aceptando mi vida como es y valorando la gente que aún está en ella. No con la casa de campo que imaginé, pero con un trabajo que me apasiona y me motiva a levantarme antes de que suene la alarma, con la energía de una quinceañera y con ganas de ser cada vez un mejor ser humano. No con la vida perfecta y aún con muchas cosas por pensar y resolver, pero al fin y al cabo, recordándome a mi misma la importancia de agradecer lo bonito y lo no tan bonito.
Recibo los 30’s aceptando que soy impulsiva, sensible y dramática 4 días (o más) del mes. Los recibo feliz y con mucha curiosidad (y a veces miedo) por el futuro. Pero también los recibo sintiéndome un poco más fuerte. Sintiendo que nada me va a quedar grande, que estamos hechos para entrar en survival mode y resolver como sea, y los recibo, reafirmando que lo que más me gusta de la vida, es la incertidumbre de no saber cómo terminará esta historia. Enjoy the ride!