
Toda mi niñez y parte de mi adolescencia fui muy delgada. Más o menos a los 19 años empecé a aumentar de peso. Aunque en mi casa preparaban comidas saludables, yo aprovechaba la universidad para comprar paquetes, pastelitos, galletas, helados, hamburguesas y gaseosas. Empecé a irme de fiesta todos los fines de semana, tomaba alcohol en exceso, fumaba cigarillo y trasnochaba casi todos los días. Y ni hablemos de ejercicio. Estaba absolutamente oxidada.

A finales del 2010 me fui de intercambio a Estados Unidos por un año, un año en donde comí y me tomé lo que aún no está escrito.
Al regresar a Colombia, me hice exámenes de sangre y descubrí que tenía el colesterol y triglicéridos por las nubes, el estado físico de una persona de 90 años y un desorden hormonal con el que tuve que lidiar por mucho tiempo (En mi blog encontrarán más detalles sobre mi historia con Síndrome de Ovario Poliquístico).
El ejercicio y yo
Estaba muy preocupada. Salí de ese consultorio decepcionada y llegué a mi casa a llorar. Esa tarde tomé la decisión de inscribirme a un gimnasio. -«¿Gimnasio?, ¿yo? ¡Si siempre fui esa que se hacía la enferma en el colegio para no ir a clase de educación física!»-. En todo caso, comencé a ir como todos lo hemos hecho: emocionados, estrenando tennis, ropa de ejercicio y hasta botella plástica. Me acuerdo de ese primer día como si fuera ayer: Tennis rosados con gris y sudadera negra. Hice 30 minutos de bicicleta y terminé casi infartada.
Fui sagradamente por un par de semanas y como suele pasar: con los días me empecé a aburrir. Odiaba ir. Recuerdo cruzar a la puerta del gimnasio con ganas de salir corriendo.
Como todos los cambios suceden cuando estamos a punto de tirar la toalla, con los días, empecé a sentir más energía, tenía interés por aprender nuevas recetas, nuevos ejercicios, me empecé a sentir más segura de mi misma, estaba más feliz. Esa sensación después de terminar una rutina, se volvió mi mayor motivación. Lo que era un martirio para mi, se había convertido en la mejor forma de liberar endorfinas, de llenarme de energía.

Al hacer ejercicio, empecé a interesarme por comer mejor y a estar en sintonía con mi cuerpo, a entender cuando estaba llena, cuando necesitaba mas agua, cuando mi cuerpo me pedía menos o mas carbohidratos. Me sentía diferente. Empecé a leer, a estudiar por mi cuenta. Me quedaba largas horas aprendiendo de mi papá (que es médico especializado en bioquímica y experto en obesidad y metabolismo), me explicaba cosas desde endocrinología hasta modificación de conductas.

Meses después, regresé al doctor: Todos mis niveles en la sangre estaban en orden, no tenía desórdenes hormonales, me había enamorado del ejercicio y de darle a mi cuerpo lo mejor (si, incluyendo chocolatico y mi vinito esporádico ❤ ).
Mis amigas y compañeros de trabajo me llamaban a preguntarme sobre ejercicios, recetas y rutinas. Mi esposo empezó a cocinar saludable y a hacer cardio conmigo. Yo sabía que era hora de ir más allá y aprender un poco más para poder ayudar a más personas. Y así fue: en octubre 2015 decidí estudiar para certificarme como Nutrition Health Coach.

Aquí estoy cinco años más tarde de haber salido de ese consultorio, con los niveles en sangre óptimos, sin Ovarios Poliquísticos, con excelente estado físico, enamorada de la cocina saludable y del running.
¿Cuál es tu historia? Tengo muchas ganas de escucharla, de acompañarte en este camino, que no es fácil, pero que vale la pena y que más que un destino, es un recorrido ❤ .